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Que levante la mano a cuantas de vosotras os ha pasado lo siguiente. Os llama la clienta emocionada porque es el cumple de un ser querido con una idea muy clara en la cabeza. Nos intercambiamos mails, fotos, y llegamos a un acuerdo. Preparo todas las cositas y me presento un sábado por la noche en el restaurante. Y, sorpresa, en el restaurante nadie me esperaba. ¿Culpa? De nadie. Pero os lo creáis o no, pasa muy a menudo. El tema es que los restaurantes cuando llevas “el postre” muchas veces se esperan una tartita y ya. Y cuando me vieron llegar con cajas, banderas, tarros… se querían morir. ¿Por qué? Pues porque no había mesa para que yo montara la mesa dulce. ¿Un sábado por la noche? Pero si lo tenemos todo lleno!!!

Total, que mientras la clienta y el restaurante hablaban por teléfono, yo lo monté todo rápido encima de una mesa que había para hacerle la fotito. Luego llegamos al pacto de que escondíamos todo detrás de una barra que no se utilizaba y cuando fuera la hora de los postes los camareros montarían la mesa de dulces en la mesa donde estaban cenando.

Y parece ser que quedó genial. Pero claro el momento agobio no te lo quita nadie. Y eso que con la clienta ya lo hablamos, sobre todo que el restaurante sepa que yo llego allí a las 20h y que sepan todo lo que llevo… Al final opto porque me den el contacto del lugar directamente y hablar con ellos porque es más fácil. Pero a veces no sé por qué, es complicado.

En resumidas cuentas, el cumpleañero tuvo sus tartas drip de chocolate y red velvet con frutos rojos, unos eclairs de trufa ideales, cupcakes, chuches y nubes bañadas con choco fondant. Unos postres increíbles para una cena que, al final, salió redonda.

 

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